Childish Gambino Cardi B

Cardi B

Si te gustó el 'This is America' de Childish Gambino, Cardi B te enamorará

Texto: Rubén Luengo

Hay que indignarse más a menudo porque liberas testosterona suficiente para pasar el día y además, en el fondo, todos estamos mal follados. Tenemos una mala leche común que parece que se empeñan en fomentar los bebés que lloriquean a alaridos en el autobús, las personas que se tocan intelectualmente con La que se avecina y lo políticamente correcto, no necesariamente en ese orden. Por eso, cuando el videoclip de This is America de mi querido Donald Glover a.k.a. Childish Gambino (California, 1983), empezó a pulular como una enfermedad venial o un mensaje erótico de Mikel Izal por los muros virtuales de media población con mucha pasión por lo suyo, titubeé. No por la calidad del vídeo, cuyas alegorías y referencias han intentado descifrar desde el New York Times hasta tu primo, que destrozaba estrofas de Violadores del Verso en la ducha de tu adolescencia, sino porque me parece muy oportuna su viralidad, con un latente interés de clase. Y lo siento sobre todo por otra gran olvidada dentro del submundo de los raperos incómodamente elocuentes: Cardi B (Nueva York, 1992).

La magnitud cultural y social de This is America reside en sus misterios, en la sutileza histórica con la que Childish Gambino pone en tela de juicio no sólo el valor de los afroamericanos en la descastada cultura pop estadounidense, sino también en su denuncia hacia una persecución policial hipócrita y desmedida. Es decir: valiéndose de los estereotipos que tan amablemente han alimentado sitcoms, equipos de béisbol y tu libro de ejercicios de inglés, con esa icónica foto de grupo con un negro, Gambino levanta un discurso que procura destapar una sobredosis de mierda racista que ni todo el alcantarillado mediático de Hollywood, que intentan bruñir con oropel, ha conseguido ocultar. El tópico del negro armado y peligroso acojona más al cuerpo policial de Estados Unidos que la asimetría de sus aureolas o el infanticidio inopinado. Y todo esto lo combate el rapero a golpe de caderazo y contoneo; con un mínimo gesto, le da un nuevo significado a la carga eminentemente discriminatoria de los tópicos xenófobos.

¿Merece atención Childish Gambino? Desde luego. ¿Merecía el mismo nivel de impacto social Cardi B? Mucho más

¿Merece atención Childish Gambino? Desde luego. ¿Merecía el mismo nivel de impacto social Cardi B? Mucho más. Cuando la rapera neoyorquina nos invitó a renunciar antológicamente a la neutralidad con su tema Bodak yellow no quería únicamente dejar claro el impecable y dinámico fraseo de su letra, sino agarrar por los cojones al protectorado patriarcal estadounidense (incluyendo a una industria superpoblada de primates) y apretujarlo hasta que soltase solamente bilis. Bodak yellow se apropia del lugar común del clásico lanzabilletes olisqueador de tangas del mercado yanqui para empoderarse ella misma como mujer y artista negra del siglo XXI (y XXII), ridiculizando costumbres y pajas en baños ajenos para enseñar sin temor la entrepierna mientras grita ‘servíos todos a gusto’. El tema con el que Cardi B exhibía ante el planeta lo que sería su primer álbum tras un par de maquetas y un paso vibrante por un reality era, en definitiva, una llamada a la acción civil y a la beligerancia sexual. Basta de mojigaterías y basta de baboseo indiscriminado; basta de violencia discreta y de genialidades póstumas.

Childish Gambino Cardi B

Cardi B. © Jorda Frantzis (Atlantic Records)

Childish Gambino Cardi B

Childish Gambino. © RCA Records

El mercado, ese extraño ente que hace que Rodrigo Rato incurra en delirantes sueños húmedos, decidió coronar a Cardi B por la afrenta que suponía su chulería justificada de exstripper, su autenticidad formulada desde la apostura y su brutalidad honesta y abrumadora. ¡Y todo esto sin que hubiese visto la luz todavía su primer álbum! Es cierto, Cardi B comenzó a pulular por el show del siempre insulso Jimmy Fallon o la igualmente agria Ellen Degeneres para darse a conocer; e incluso tu mejor amigo, ese hombre que comenta con pasión las letras de Ladilla Rusa, tuvo un leve acceso de priapismo cuando Cardi enseña los pezones en el videoclip del tema. Sin embargo, el tratamiento mediático parecía más una inquisición formal que un pasillo de museo: a Cardi se la promocionaba por su explosividad extravagante, no por el poderío de su mensaje. Había un no sé qué de circo de rarezas en la manera de presentarlas que hacía pensar que Hugh Jackman iba a salir del backstage a cantar en versión original subtitulada.

Esa condescendencia se volvió recurrente a pesar del éxito cosechado: no había una búsqueda de análisis, ni siquiera un juicio solemne. Sólo había un manojo de fecundos imbéciles que creían sumarse al cambio por apostar por una mujer negra y rapera sin más intención que el ornamento. La industria masiva, una vez más, neutralizaba la contundencia de un mensaje para que te conformes con buscártelo en Spotify mientras te sugieren que (per)sigas a Yung Beef. Incluso cuando por fin vio la luz el primer álbum de Cardi B, titulado Invasion of privacy (Atlantic Records, 2018), la cosa no mejoró: la sensación de arrojarse a ese torrente de sinceridad y caos emocional que es la rapera estadounidense pareció endurecer la grasa lateral de muchos productores pero muy poco su núcleo accumbens, el lugar del cerebro que controla el placer. Nadie vio en ella más que a una mujer voluptuosa y capaz de rapear sin tomar demasiado aire: su mensaje se volvía, en definitiva, un mero recurso que tatuarse en una nalga borracho a las tres de la mañana de un jueves.

Por eso, que el impacto nivel tsunami con el que Childish Gambino se ha ganado el reconocimiento de acólitos, académicos, influencers y otros seres supuestamente decisivos del inestable magma social me hace plantearme cuánto tienen todavía que combatir las mujeres para que se tome en serio la irreverencia de su ácido lírico. Childish Gambino se ha convertido en el niño mimado de una industria mediática y comercial que antes le miraba ojerosa como el cómico frustrado que había pasado por community y que no sabía cantar. Pero al promocionarle a él, ha generado una discriminación encadenada que ha incidido más en lo mucho que aún hay por descubrir de Cardi B, tanto en materia social, como en materia humana y musical. Ella también ha buscado reconstruir la percepción del odio racial desde sus letras; ha sabido leer entre los males del rap para exigir un nuevo orden y una posición real; pero, sobre todo, ha puesto en tela de juicio lo poco preparados que estamos todavía para que una mujer con su biografía y sus maneras domine el espectro público. Por eso, os lo pido desde aquí con un poco de urgencia: dejad de comerle tanto la polla a Childish Gambino, y comedle un poco más el coño a Cardi B. De lo contario, preparaos para una dieta a base de pene para unos cuanto años más.