Karen Souza, BARTS

Karen Souza

Karen Souza: Miss cover

Texto: Barracuda
Foto: Miguel López Mallach

Si todavía a nadie se le ha ocurrido la idea, me postulo para registrar una nueva marca musical: el jazz susurro. Podríamos definirlo como otra rama del estilo nacido a principios del siglo XX que lo dulcifica mediante suaves arreglos para captar nuevos adeptos. Su elemento principal sería una voz femenina, de tono poco estridente, sensual, intentando cautivar a la audiencia a través de mansas notas insinuantes. Se caracteriza por renunciar al riesgo de la improvisación, siendo la canadiense Diana Krall su mayor exponente. A pesar de su juventud (34 años) y cuatro discos grabados, los dirigentes de la orden susurrante han vestido, con hábitos de diva, a una rubia mujer argentina nacida en la Pampa, ejerciendo en ella un lugar predominante.

Aunque en casa de Karen Souza (Rocío Rodríguez) su madre escuchaba a Sinatra, Nina Simone o Jobim, sus verdaderas raíces musicales brotan de grupos como Depeche Mode, The Police y especialmente Radiohead, referente que le ha llevado al éxito. Probablemente, harta de los primeros coqueteos con el chill house ibicenco, decidió aprovechar la ventaja de conocer al dedillo jazz y rock, lanzándose a mezclarlos con una pericia que no pasó desapercibida. Dicho y hecho, atrapó Creep de Radiohead y Personal Jesus de Depeche Mode, las tamizó en modo slow jazz, añadió unas cuantas piezas más y publicó el primer volumen de Essentials (Music Brokers, 2011). En el cover encontró su destino. Un año más tarde, el prestigioso productor Joel McNeely advirtió futuro en el invento traduciéndolo en Hotel Souza (Music Brokers, 2012).

Karen Souza se presentó en el BcnGuitar18 de la mano de su nuevo trabajo: Velvet vault (Music Brokers, 2018), producción propia que incide en las versiones, sean de standards de jazz o de clásicos modernos como el I’m not in love de 10cc.

La interpretación inicial del Quiet night of quiet stars (el Corcovado de Tom Jobim) no presagió nada bueno. Parece difícil desafinar cuando se utilizan tonos tibios, pero lo cierto es que, hasta bien avanzado el concierto, su trabajo vocal pasó ciertas dificultades, salvadas por un trío solvente buen conocedor del tempo jazzístico; combo compuesto por teclado, bajo y batería, incluyendo una guitarra (justificación del nombre del evento) en un pasaje donde apareció Every breath you take. El concierto transcurrió de manera monótona, llana, insípida, sin sobresaltos. Reunir Heartbreak Hotel, Strawberry fields forever, Don’t you forget about me con I’m fall in love too easily o I’m beginning to see the light, debería ser sinónimo de cambio de registro, subidas adrenalínicas e incluso de mutación anímica, nada de eso ocurrió. El corsé impide la libertad, es el ineludible pavor al fracaso. Ni el cambio de un elegante vestido negro por uno azul chillón, en el ecuador de la función, sirvió para elevar la energía.

Variar la concepción de una canción top puede ser jugoso, pero en ocasiones se torna en hecho peliagudo, en Tainted love y Billie Jean, el descarrilamiento fue notorio.

Karen Souza tiene camino por delante, mucho margen de mejora, le falta más empaque y fiereza escénica, lo forzoso para alcanzar anhelos. Alguien como McNeely, que abrazó a Tony Bennett o Al Green, no yerra fácilmente.

La inteligente dirección del festival desea generar con este tipo de propuestas más adictos al genuino jazz, loable esfuerzo. De todas maneras, permítanme vestirme de Santo Tomás: no imagino a los asistentes de la sala Barts comprando, al día siguiente, las obras completas de John Coltrane por mucho que les hubiera turbado My one and only love. Los milagros no existen, los sueños sí y uno maravilloso sería conseguir más fans de Carmen McRae, si citamos a una heroína verosímil. Quimera mayúscula.

Karen Souza, BARTS

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