Joan Miquel Oliver, Atlantis. Sala Beckett.

Joan Miquel Oliver

Joan Miquel Oliver: Life aquatic

Texto: Carlos Robles
Foto: Dani Álvarez

Sale Joan Miquel Oliver de kimono negro, séptimo dan, con la convicción y la calma tensa de un consumado sensei. A mitad de camino entre Bruce Lee y el Follet Tortuga de Bola de Drac, guitarra eléctrica en ristre, custodiado por los teclados mágicos de Jaume Manresa y la dúctil percusión de Xarli Oliver.

Empieza el concierto sin alharacas ni gestos superfluos. Tampoco hay más tramoya en el escenario que los efectos de un juego de luces resultón. Ni falta que hace. El judoca pop de Sóller viene a liberar las canciones de Atlantis (Sony Music, 2017) -su cuarto disco en solitario tras los impagables Surfistes a càmera lenta (Blau, 2005), Bombón mallorquín (Blau, 2009) y Pegasus (Sony Music, 2015) a la playa en calma de la Beckett. Los adláteres de Oliver recitan Ses coses mientras hacen ver que leen la letra de sendos folios, en el dorso de los cuales están fotocopiadas las caras de Art Garfunkel y Paul Simon. Oliver sabe que los mejores humoristas no se ríen de sus propios chistes y, consecuentemente impertérrito, anima al animalillo eléctrico que habita en su stratocaster sin aparente esfuerzo.

El mecanismo se pone en marcha. Vuelven las sonrisillas cómplices, los codazos de aprobación y ya lo tenemos todo ahí: las referencias juguetonas de su pop experimental, la ironía marciana y familiar, las letras aparentemente naïfs con armario de doble o triple fondo. Los espectadores más perspicaces rápidamente se percatan de que el nuevo centro de la sala Beckett, ubicado en una antigua cooperativa de comsumo desballestada y modernísima, parece el Teatro Nacional del reino hundido de la Atlántida: trozos de cerámica como recuerdo de una antiguo taller de confección, un portal semiderruido que enmarca a los artistas y el barrido ocasional de los focos como un banco de sardinas espectrales.

El público sabe que la galaxia Oliver es omnímoda, se alimenta de todo y tiene sus propias reglas espacio-temporales. Por eso no le extraña que en la presentación de Atlantis, Oliver empiece tocando Pegasus. Las excentricidades no son tal, sino las variables necesarias para que el ecosistema delicado de su mundo lírico aparezca con mayor frondosidad y virulencia. Así las cosas, hacia mitad de concierto, el dueño del dojo, depurando el método, haciendo de su voz aparentemente anodina un instrumento de precisión, hace aparecer sus extraños e irrebatibles hits. Constelaciones y ambulancias, surfistas a cámara lenta y Hansel y Gretel. Empalma ese tramo con los mejores temas de su nuevo álbum y el ritmo submarino se gana a la sala: aparecen cangrejos, gambones naranjas y peces pirañas que mueven las agallas al ritmo disco que Manresa exprime de su teclado mágico.

El power trio se metamorfosea en una banda, que a veces es Wilco y a veces es Sisa, porque todo cabe en ella, desde el pop rock abstracto de los Talking Heads hasta las reminiscencias folk tras las cuerdas del único guitarró de jota mallorquina que afina en el universo. En ciertos pasajes krautrock o directamente importados de la ruta del bakalao, pareciera que le crece la barba a Manresa hasta convertirse en un sosias del colega salvaje de Nick Cave y el teclado ruge como mil morenas robóticas, pero seguidamente se amansa, tomamos aire, y teje melodías delicadas para que el público se tome suavemente de las manos y se susurren al oído nanas para estar despiertos. Tal es su magisterio. A los espectadores se nos empañan las gafas y batimos las palmas como cronopios y las chicas se sacan el jersey y se quedan en tirantes y sube la temperatura dos grados centígrados.

Hacia el final del concierto descubrimos que el kimono de Oliver tal vez solo era una treta. un camuflaje para ocultar sus veraderos superpoderes. Oliver es en realidad Charles Xavier, el mentalista calvo de la Patrulla X, que ha abandonado a los talentos mutantes de Antònia Font, para despacharse discos personalísimos en solitario. Todo maestro honra a los suyos. Oliver mienta a Sisa y a Quimi Portet. Magisterio que en ocasiones se ensimisma un poco, para que nos vamos a engañar. Pareciera que, desde su laboratorio secreto, encerrado con el único juguete de sus maquinitas e imaginación, como un Prince taciturno, escribiera música para el futuro. Así las cosas, sus nuevos temas no acaban de llegar a la primera. Pero cuando la luz de la bola disco esparce sus billones de estrellitas, como migas de pan por toda la sala, el público en su totalidad finalmente comprende que sus canciones necesitan recorrer los años luz que les separan de nosotros para acabar de corearlas bien, pero llegarán, ya están llegando.

Joan Miquel Oliver, Atlantis. Sala Beckett.

Joan Miquel Oliver, Atlantis

Joan Miquel Oliver, Atlantis. Sala Beckett.

Jaume Manresa, Atlantis

Joan Miquel Oliver, Atlantis. Sala Beckett.

Joan Miquel Oliver, Atlantis

Joan Miquel Oliver, Atlantis. Sala Beckett.

Jaume Manresa, Atlantis

Joan Miquel Oliver, Atlantis. Sala Beckett.

Joan Miquel Oliver, Jaume Manresa y Xarli Oliver, Atlantis