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Death + The Sinciders

Cortocircuito ojiplático

Text: Jessica Cobos
Foto: Víctor Parreño

Dicen que después de la tormenta llega la calma, pero hoy no ha sido así. No, ni de lejos. Barcelona sabía lo que depara la noche en el Marula Café (Wamba Buluba Club): electricidad. Electricidad en el escenario, en los micrófonos, en los altavoces, en las bandas de música, en los asistentes, en el techo. Era el concierto de la mítica banda Death y les teloneaban The Sinciders.

¡Powered shit! ¡Powered shit! Sin apenas una sílaba de impasse, el primer halo ya lanza un grito gutural en su primera canción. Así lo vaticinaba su camiseta con el estampado de Psycho, la de Sardi, el vocalista del grupo de punk rock catalán The Sinciders. Arrancan fuerte. La electricidad se cuela en el palo que sujeta el cantante y hace saltar la esponja del micrófono, sale despedida. El cantante sigue cantando como si nada. Ya se sabe, el agua de la tormenta y la electricidad hacen saltar las chispas y todo se convierte en un cortocircuito. Como el letrero que bautiza el concierto. Tal vez por eso no se atreven a poner más luces que unos pocos focos rojos. Un rojo burdel perfecto para letras como Sexual Transmission Disease (Sinciders, 2013), pero incómodo para los fotógrafos. Gabba, el bajista, presenta cada tema gritando el título: ¡Go where you wanna go! (Sinciders, 2013).

El vocalista alza el palo del micrófono como ofrenda a su público, que asiente sus composiciones. ¡Go where you wanna go! Y eso hacen, todos los asistentes están exactamente donde quieren estar, eufóricos, siguiendo el ritmo que ahora también da el cantante con la pandereta. La machaca contra su cadera. Fer, el batería, no para de dar brío y más brío punki ya que es el único que no puede disfrutar de los saltos, de los pogos. Él está en el epicentro del cortocircuito. No hay ningún fallo técnico – salvo el suicidio de la rejilla del micrófono -. Todo suena como ha de sonar. Cada palabra sale con más rabia aun, con más garra. Las caras de la banda van asumiendo un primerísimo primer plano con cada gesto de satisfacción. El guitarrista, Alex, sigue con los riffs rítmicos, frenéticos. ¡¡¡¡The Sinciders!!!! Grita otra vez el bajista. ¿Cómo puede tocar el bajo tan abajo si casi toca el suelo? Desde ahí abajo expulsa un gutural Die die now (Sinciders, 2013), amenazante. Que me parta un rayo – cuidado con el cortocircuito – si el cantante no sigue como un pincel media hora después de tanto movimiento. Impecable, sacude el tema más coreado y que dedica al local: wamba buluba. Un tono más rock and roll. Casi en la última canción del repertorio se tira y se reboza en el suelo. Sin casi acabar de pronunciar la última sílaba, ya se han esfumado del escenario. Como la tormenta en Barcelona, que se disipa. Eso sí, el batería es como el capitán de un barco: el último en marchar.

Billie Jean is not my lover… Suena Michael Jackson en la transición entre The Sinciders y los míticos Death. Abracadabra. Aparecen los tres esperados hermanos. Bobby, el cantante, lleva unas excéntricas gafas de sol. Ahora ya no hay solo focos rojos, también los hay dorados. El grupo punk rock, que nació en Detroit en los setenta, pisa por primera vez Barcelona y se nota entre los asistentes. Están ojipláticos y eso que van birra en mano. Hay más gente, más flashes, y más calor. Empiezan los pogos, guerchos – por las birras –. Los hermanos se chocan los puños y el público ya sabe lo que toca: Keep on Knocking (Politicians in my eyes, 1975), uno de los últimos temas antes de la disolución de la banda, que retomó la música en 2009.

Entre los asistentes hay dos asiáticas que parecen perdidas. De un bandazo están en la otra punta de la sala, también ojipláticas – en la medida de lo posible – no ven nada porque hay un fotógrafo de dos metros que les ciega, pero ellas sonríen orgullosas de no haberse caído aun al suelo. El guitarra, David, irradia fuerza incluso por los poros de la lengua, ahora fuera de su boca. El público se esmera en los air guitar y los cortan en seco como hace la banda punki, que terminan cada última frase en seco y con un ademán que suelta el riff de las guitarras. Muy fuckers. Las canciones empiezan con un par de palabras lentas, calmadas, suaves, “Let the world turn” (For the whole world yo see, 1974), que le hacen la cama al ritmo poseído que va a continuación. Como la propia evolución de la banda, de funk a punk. Los asistentes lo dan todo cada vez más. Death les canta, les pide, les reza y ellos le dicen: AMÉN. Menos las asiáticas que, sin perder esa sonrisa tan kawaii y esos ojos, ahora más grandes, se pierden entre la gente buscando la salida después del cortocircuito.

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The Sinciders

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